Una de las peticiones más comunes cuando alguien se acerca a psicoterapia es buscar la paz. Suele ocurrir que una serie de emociones, zarandean interiormente a la persona: la tristeza, la preocupación o la indignación. Lógicamente esto genera un importante malestar. Cuando vivimos estas experiencias, nos gustaría disponer de un interruptor en nuestra frente que apagase nuestra cabeza y nos dejase descansar.
Tal vez, esta sea la gran pretensión del hombre de hoy: desconectar. Es como si la salud mental consistiese en no tener sentimientos desagradables. Pero, ¿realmente podemos esperar un bienestar emocional total? Si el malestar, el sufrimiento o la adversidad son inevitables, ¿no sería mejor aprender a vivir con ello?
En este sentido, me parece que en la vida hay tres grandes retos que debemos aprender a afrontar. Las tres tareas de las “i”: La injusticia, la incertidumbre y la indiferencia.
La injusticia hace referencia a todo aquello que no se ajusta a los valores o normas que mantenemos. Nos provoca ira o tristeza que nuestro compañero se lleve el mérito de un trabajo o que no tengamos una mejor posición social. ¿Sabemos reconocer, aceptar y manejar estos hechos o nos inundamos de rabia y pena tratando de ajustar el mundo a nuestro mapa mental?
En segundo lugar, una pretensión infantil es que el mundo sea plenamente seguro para nosotros. Cuando éramos niños nuestros padres se encargaban de asegurar la estabilidad y la coherencia en nuestro ambiente. Un aprendizaje de la adultez es descubrir que todo está lleno dudas, que las cosas pueden salir bien o mal, que nuestros actos tienen consecuencias. La incertidumbre colorea todos los aspectos de la vida: el trabajo, las relaciones, la salud o la vida pública. Es necesario aprender a gestionar ciertas dosis de incertidumbre si no seremos secuestrados constantemente por el miedo, la preocupación o la angustia.
El tercer gran reto es la indiferencia. Cada uno de nosotros se construye con la mirada de otro. Necesitamos ser reconocidos, amados, escuchados, tener capacidad de influencia en otros. No obstante, esto requiere un esfuerzo y un trabajo de reciprocidad. Cuando alguien piensa que esto se le debe, se verá asediado por la frustración, la tristeza o la indignación.
Por eso, la gestión emocional no implica dejar de sentir malos rollos. Más bien, supone aprender a responder en nuestra vida al sufrimiento que proviene de la triple “i”.
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