Una manera de tomar el pulso a los valores sociales consiste en revisar las propuestas publicitarias. Es fácil observar que muchos de los anuncios publicitarios tratan de asociar el producto o servicio que venden con el bienestar. No cabe duda de que el bienestar físico, psicológico, emocional o social son valores muy importantes en la cultura contemporánea. Alcanzar el bienestar se ha convertido en nuestros días en el santo grial de una vida auténtica. Por todas partes nos ofrecen propuestas, caminos o estrategias para conseguir el bienestar: deporte, alimentación, meditación, horarios, descanso, entretenimiento o experiencias vitales. Educadores, gobernantes, nutricionistas, coaches, fisioterapeutas, influencers y todo tipo de profesionales trata de ofrecer su ayuda para que podamos sentirnos bien.
Es fácil observar que el joven contemporáneo contemple el sentirse bien como un bien absoluto. Parece que el bienestar es la guía y la meta de las acciones. De esta manera, en el ámbito de la educación tenemos la tentación de proteger a nuestros hijos para evitarles el malestar. Enseñamos a nuestros jóvenes que el malestar es un indicador de una vida sin sentido y se debe evitar a toda costa. Huimos del malestar como de la peste. Alguna vez he oído a algún joven quejarse en el trabajo “Pero ¿cómo voy a hacer eso sino me gusta?”
Si bien promover el bienestar en nuestros hijos es una aspiración lógica, no podemos caer en la trampa de convertirlo en un fin en sí mismo, ya que no les enseñamos a sufrir por aquello que merece la pena. Los grandes hitos de nuestra vida: amar a otra persona, ser padres, lanzar una empresa, construir una familia, realizar un proyecto profesional o defender una determinada visión del mundo, por ejemplo, son retos que implican esfuerzo, renuncia, sacrificio y paciencia. Es decir, conllevan haber aprendido a sufrir. Si nuestro objetivo educativo solo es que se sientan bien, si les protegemos de todas las contrariedades e injusticias de la vida, si no les exigimos o no le ponemos límites, no les estamos entrenando en manejar el malestar.
Nuestro hijo podrá desarrollar una intolerancia al malestar y se convertirá en alérgico al trabajo, al compromiso, a la responsabilidad, a la autoridad. De esta manera el aburrimiento se convertirá en insoportable, la preocupación en ansiedad, la tristeza en depresión y la contrariedad en catástrofe. De esta manera, aquel que protege a su hijo de cualquier malestar lo convertirá en una persona débil y quebradiza, como un copo de nieve que al recibir los primeros rayos del sol, se derrite.
Por eso, es necesario ayudarles a mirar más allá de las sensaciones de su cuerpo. Es más importante hacerlo bien que sentirse bien. Hay retos, conquistas y proyectos que se pueden alcanzar más allá de chute de dopamina que te produzca. Porque no se puede disfrutar la vida si no hemos aprendido a sufrir.
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